La industria del entretenimiento cambió 180 grados y en el básquetbol solo la NBA se mantuvo en lo que buscan todos: ser un producto rentable y de élite.
Se nos vienen muchas ideas juntas a la cabeza a la hora de analizar lo que queremos decir. Quizá contagiados de esta era moderna donde todo va a una velocidad mayor de la necesaria, o de la que nos gustaría, nos surgen muchos ítems que tenemos que ver cómo los enlazamos para que, unidos, den una especie de respuesta a nuestra teoría inicial: el básquetbol FIBA está en peligro.
Cuando decimos en peligro, no es en peligro de extinción, pero sí en peligro que establecerse en una meseta baja dentro del ecosistema del entretenimiento, en donde por obvias razones quedó envuelto en una mezcla donde están todos: deportes, cine, teatro, música o, para resumir, todo lo que uno puede consumir en plataformas digitales.
Veremos si podemos explicar la teoría como la tenemos en la cabeza. En los últimos 10 años, por poner un número redondo, el mundo del entretenimiento cambió por completo. Una sola cosa no cambió: los días siguen teniendo 24 horas. Y el tiempo de esparcimiento de la gente probablemente (no tenemos el dato científico), siga siendo el mismo, o menos. Se agregaron millones de consumidores, es cierto, a partir de los dispositivos móviles, pero lo que vemos es que lo que más se incrementó, sin dudas, es la oferta. Y el mercado del entretenimiento, de alguna manera, se unificó.
Antes, el deporte competía por el público básicamente con el deporte y en parte con la industria del cine o el teatro. Hoy, eso cambió. Se multiplicó la oferta de deportes, claro, pero las plataformas ofrecen tal variedad que el usuario debe elegir permanentemente. Pongamos que una persona tiene 6 horas diarias para esparcimiento. Tiene tal cantidad de opciones que la elección debe ser fina.
Mientras que en tiempos no tan lejanos había que decidir entre ir a ver un partido de algo, una película, una obra de teatro o salir a juntarse con amigos, ahora, por relativamente poco dinero, puede acceder a una oferta súper premium de cualquier parte del mundo.
En ese contexto, yendo puntualmente al básquetbol, la única que ha logrado insertarse en esa oferta súper premium es la NBA. Invirtiendo mucho dinero, con contratos televisivos monstruosos y absorbiendo el talento de todo el planeta, es una máquina de generar contenidos, deporte de calidad y negocios. No hay liga rentable en el resto del mundo, es decir, en el mundo FIBA.
¿Cómo hacerle frente a eso para no convertirse en un nicho de medio alcance? Es muy difícil saberlo. Por un lado, vemos a una NBA que quiere hacer pie en Europa para convertir al básquetbol de esa región en otro polo atractivo para el mercado, pero mientras eso avanza lentamente, vemos a la mejor competencia del planeta fuera de la NBA, la Euroliga, cuya gran mayoría de integrantes pierde dinero para jugarla. Es cierto que todavía tiene un plus que no tienen otras, como es el interés de un segmento por seguir a sus equipos, pero no deja de ser algo pequeño para el global del entretenimiento.
Uno de los puntos que vemos como posible sostén para no seguir perdiendo terreno es la pertenencia. En eso, la Euroliga no va mal, porque llena los estadios, aunque eso no se corresponde después con los ingresos que genera. ¿Está mal manejado el negocio o no hay tantas chances de elevarlo?
Si tuviéramos que resumir esto, podríamos decir que hay dos o tres grandes sectores. Uno es el deporte, otro series y películas por platafomas y otro eventos en vivo. Esto último ha perdido terreno, pero sigue teniendo un diferencial. Nada iguala presenciar un buen show. ¿Nada iguala presenciar un buen partido? Mientras que un ticket para un encuentro de fútbol o básquet tiene un costo mínimo de X (pongamos 15 dólares), pagando un servicio de streaming o el mismo cable de TV se accede a ese mismo espectáculo por un mes por el mismo dinero. Sin pagar estacionamiento, sin gastar horas en viajes, etc. ¿Estamos muy equivocados?
Si bajamos a la Argentina, el fútbol siempre tendrá el componente extra de la pasión y, además, es contenido premium para una parte importante de la población, que lo consume como a ninguna otra cosa. Pero el básquet es diferente. Los estadios no dan confort, el nivel de juego es medio y la pertenencia, baja, salvo excepciones. Para colmo, los cambios van a tal velocidad que lo que antes se exigía, planificar, paso a ser algo relativo. Pareciera que es más importante reaccionar ante los cambios.
Quizá haya que adaptarse a un lugar diferente o ver si las cosas se acomodan o aceptar que el cambio es permanente y para siempre. Quizá haya que reformularse o quiza el tsunami en algún momento pare y la oferta se depure y deje de ampliarse. No parece que eso sea lo que vaya a pasar, pero la vorágine es tal que no podemos ver nada más allá de lo cercano. Quizá sea parte de la angustia que nos provoca la incertidumbre general. Quizá, en definitiva, no sea más que otra etapa de la historia.