El año pasado, Phoenix fue el equipo más costoso de la NBA, pero quedó afuera de todo. Ahora, con un DT debutante y una baja en gastos y estrellas está sorprendiendo.
El nuevo presente de Phoenix parece una paradoja contable: cuanto menos gastan, mejor juegan. Tras cerrar la 2024/25 como la franquicia más cara de la NBA —220 millones de dólares en salarios— y ni siquiera clasificar a playoffs, los Suns arrancaron esta temporada aliviados: sin Bradley Beal, cuyo contrato seguirá impactando en el bolsillo pero no en el tope salarial, y sin Kevin Durant, que pedió por el traspaso a Houston. Con esos desprendimientos, la masa salarial cayó a 196 millones, ubicando al equipo en la mitad de la tabla. El alivio financiero llegó junto a una identidad que, durante la etapa más ostentosa del proyecto, parecía perdida.
Lo más llamativo es que el recorte coincidió con una estructura más sólida. Bajo el mando del debutante Jordan Ott, los Suns encadenaron un arranque 8-5, incluyendo una racha de cinco victorias consecutivas, todas por diferencias de doble dígito. En ese tramo, Phoenix registró un ataque entre los mejores de la liga con 127.1 puntos por 100 posesiones y una defensa top con 107.5, números que lo ubicaron entre los más eficientes de noviembre. El conjunto encontró una fórmula simple y efectiva: defensa intensa, circulación paciente y un compromiso colectivo que no asomaba desde los tiempos de Monty Williams.
Las piezas nuevas también explicaron el giro. Dillon Brooks firmó una de las mejores rachas de su carrera con 21.8 puntos y 51.9% de campo, convirtiéndose en una pieza de referencia. Grayson Allen, antes de lesionarse con Indiana, promedió 24.3 puntos y un asombroso 55% en triples, mientras que Jalen Green aportó desequilibrio hasta quedar fuera por molestias físicas. El banco también dio un salto inesperado: Jordan Goodwin sumó impacto defensivo constante y el novato Oso Ighodaro protagonizó un +52 de +/- ante Indiana, la mejor marca de un jugador de Phoenix en años. El DT ajustó rotaciones, redujo errores y encontró funcionalidad donde antes había desorden.
En el centro de todo aparece Devin Booker, sin superestrellas a su alrededor y convertido en el faro emocional y competitivo del equipo. El escolta sostuvo promedios similares a temporadas previas, rondando los 30 puntos por partido, con una eficiencia creciente y un peso cultural decisivo: liderazgo silencioso, urgencia defensiva y la capacidad de elevar al resto incluso en noches donde admitió no sentirse al cien por ciento. Con un calendario por momentos favorable —rivales con bajas y equipos en transición—, los Suns aprovecharon cada oportunidad sin caer en la irregularidad que marcó la 2024/25.
El futuro, igual, está lejos de ser color de rosa. Phoenix aún no tiene capital de draft por las apuestas fallidas del ciclo Durant-Beal y depende demasiado de la salud de Booker. Ott tendrá curvas de aprendizaje inevitables y la sostenibilidad del plan se pondrá a prueba cuando llegue el tramo más duro del Oeste. Pero, con menos chequera y menos nombres rutilantes, los Suns al menos recuperaron algo que vale más que un contrato máximo: la sensación de que están construyendo un equipo que juega para ganar, no para justificar gastos.