La albiceleste dio un paso rumbo a Catar 2027 con partidos ante Uruguay y Panamá que contrastaron entre sí. ¿El rival, los jugadores o la táctica explican la diferencia?
La ventana dejó dos imágenes opuestas en apenas 72 horas. Primero, la derrota 61-44 ante Uruguay en Obras, la anotación más baja de Argentina desde la implementación del reloj de posesión; luego, el contundente 101-75 frente a Panamá para sellar la clasificación a la Segunda Ronda del Grupo D. El contraste invita a una pregunta inevitable: ¿cuál es la verdadera versión del equipo de Pablo Prigioni? La respuesta no está en un único factor, sino en una combinación de estructura, nombres propios y ajustes tácticos que alteraron por completo la ecuación competitiva.
Ante Uruguay, la Selección quedó atrapada en una tormenta perfecta. Sin Juan Fernández, Lee Aaliya, Juampi Vaulet, Tayavek Gallizzi ni Fran Cáffaro, el juego interior fue rearmado de urgencia con Agustín Cáffaro (no jugó el primero), Javier Saiz y Gonzalo Bressan. El resultado fue una derrota clara en los detalles estructurales: 13-3 en rebotes ofensivos para la Celeste, 26 puntos concedidos en la pintura y apenas 2 de segunda oportunidad para Argentina. Ofensivamente, el equipo cayó en el estacionamiento: 15/56 en tiros de campo (27%), 4/29 en triples (13%), 59% en libres y 15 pérdidas. Apenas un punto en transición, pese al reclamo constante desde el banco: correr para anotar. Se defendió para dejar al rival en 61, pero sin respaldo adelante el margen se evaporó.
Ese libreto no era nuevo. La final de la Americup perdida ante Brasil mostró patrones similares: defensas físicas que congestionan la pintura, cambios constantes y Argentina dependiendo del tiro exterior sin ventajas previas. Sin embargo, aquel subcampeonato continental en Nicaragua también ofrece otra cara del análisis: en el camino, la albiceleste venció a potencias como Puerto Rico y Canadá sin Facundo Campazzo ni Gabriel Deck, pero con una estructura interior más sólida —Vaulet, Fernández y F. Cáffaro— que sostuvo el rebote y permitió correr. La identidad competitiva existía; el problema ante Uruguay fue que demasiadas piezas clave faltaron al mismo tiempo.
Frente a Panamá, el regreso de Campazzo y Deck modificó el eje del equipo. El base fue el héroe absoluto: 25 puntos, 10 asistencias, 6/12 en triples, eficiencia 27 y +21 en 30 minutos. Deck lo igualó con 25 tantos (10/17 de campo) y un parcial personal de nueve puntos en menos de tres minutos para liquidar el juego. Argentina lideró durante 36:32 de los 40 minutos, tuvo una ráfaga de 10-0 en el tercer cuarto y alcanzó una ventaja máxima de 26 puntos. El equipo lanzó 43 triples, la mayoría generados con buen spacing y pase extra. Como explicó Prigioni: “Muchas veces me enfoco en cómo generamos los tiros, más allá de que entre o no. El proceso hoy para tirar 43 triples, la mayoría con buen spacing, movimiento de balón, pase extra”.
El cambio no fue solo de nombres, sino de concepto. Argentina rompió la paridad inicial (12-12) con 6/9 en triples en el primer cuarto y apostó a la triple base con Campazzo, Vildoza y Juani Marcos. “En el momento que sentimos que era bueno tener tres manejadores de balón que puedan manejar, tirar, cortar y tirar, que lo hacen bien. Y ante la defensa cambiante de Panamá creo que lo hicieron bárbaro”, explicó el entrenador. Además, la zona en la segunda mitad corrigió un déficit clave: “En la segunda parte nos sirvió para que no nos tomaran más rebotes… pudimos correr a través de ella”. Agustín Cáffaro fue importante en ayudas y relevos, mientras Juani Marcos aportó 12 puntos, un 4/7 en triples que superó a todo el juego anterior, 5 asistencias y 3 robos.
Entonces, ¿cuál es la verdadera Selección? Probablemente ambas. La que sufre cuando pierde estructura interior y cae en ataques laterales sin transición, y la que, con liderazgo, spacing y defensa activa, puede superar los 100 puntos y dominar el ritmo. El rival influye —Panamá no contó con Jhivvan Jackson y tiene menor peso estructural que Uruguay—, pero también lo hacen los intérpretes y la claridad táctica. Argentina dividió la ventana en dos versiones extremas; la clasificación a la Segunda Ronda es un alivio. El desafío hacia Catar 2027 será reducir la brecha entre esos dos rostros y consolidar una identidad que no dependa tanto del contexto como de su propia consistencia.